las manos se confunden en los espejos...

...las personas también.
-Había una vez -comenzó diciendo el solterón-, una niña llamada Berta, que era extraordinariamente buena.
El interés que se había despertado en los niños se debilitó de inmediato; todos los cuentos eran espantosamente parecidos, sea quien fuere quien los contara.
(...)
-¿Era hermosa? -preguntó la niña mayor.
-No tan hermosa como ustedes, pero era espantosamente buena.
Se produjo una reacción favorable hacia la historia; el uso de la palabra "espantosamente" en relación con la bondad constituía una novedad llena de promesas. Parecía introducir en el cuento un hálito de verdad extinto en las historias de la tía sobre la vida infantil.
El narrador de cuentos, Saki


Crónicas de lo imaginario/ Prácticas de patín sentado y otros estudios patafísicos/ Discursos en la casa/ Cuentos de terror para niños, seguido de los Ejemplos Incorrectos y de los Microcuentos y Fisuras del Lenguaje
Prefacio/ Tierra de sombras/ La niña a la que se le cayó la cara/ Dios D./ Carlos H., maestro de esta farsa/ El acompañante/ El hombre que encerró la lluvia/ Reflexiones de un caído/ Historias del par impar
CARLOS H., MAESTRO DE ESTA FARSA.







Murió ayer en Demovionte Carlos H., maestro de la no-actuación. El anuncio de la muerte de un maestro suele acompañarse de la salvedad de que murió solo y olvidado; no es el caso de Carlos H.; aunque pocos valorarán hoy día, cuando la espontaneidad es una virtud que buscan además de los actores, los ciudadanos televisados (y aquellos que quisieran estar en tal situación); la importancia de su legado.
Lo cierto es que H. no formó escuela, ni nadie será nunca capaz de seguir su método. Durante quince años la sala del teatro mayor de Demovionte se llenó de ojos y oídos expectantes de las irrupciones no-actorales del gran maestro, que era capaz de atravesar el escenario de Fuenteovejuna vestido de pantalón deportivo preguntándole a algún actor por el resultado de un partido de fútbol o de inquirir a Julio N., durante el famosísimo monólogo de Hamlet, la razón por la que siempre dejaba perdiendo la cisterna del baño en el camerino. Una señora en la platea se había puesto de pie en aquel momento y había gritado: "Es verdad" y un joven, dos filas detrás, la secundó: "Esto es arte, porque al baño vamos todos y príncipes de Dinamarca ¿cuántos hay acá?" y dirigió un paneo a la tribuna que adhirió con un aplauso cerrado.
Quiso el destino que esa noche estuviera entre el público un famosísimo crítico que catapultó la fama de Carlos H. a nivel internacional con su ensayo: "Carlos H. y la muerte del actor." Quiso el destino, como si uno no lo conociese, que fuera el mismo crítico el que hundiera la carrera del maestro cinco años después con su: "¿No somos todos no-actores?", donde quedó demostrado lo que todos sabían, que la no-actuación de Carlos H. sobre el escenario era igual a la del público fuera del teatro y en el teatro mismo. Sacada a la luz la verdad, ya nadie pudo disfrutar de la no-actuación de Carlos H. sin sentirse un idiota. Las boleterías enmagrecieron y Julio N. aprovechó para desacreditar a Carlos H en cuanta ocasión se le presentase (o tramara).
Habría sido el fin del gran maestro, si este no hubiera sido, justamente, un Gran Maestro.
Carlos H. anunció que actuaría. Eligió una obra de aquel que lo desafiaba desde el más allá con aquello de que el mundo no es más que un escenario; y los hombres, actores. Durante una hora y media fue Romeo y la platea lo supo y admiró la grandeza de aquel actor que siendo capaz de traspasar la barrera de la representación como quien sonríe a la persona que ama, se había negado a hacerlo toda su vida.
Podría haberlo adivinado Gloria G., cuando poco antes de salir para el último acto encontró, junto al espejo que Carlos H. había abandonado, un libro de Gide abierto con la frase subrayada: "Todo está ya dicho; pero como nadie entiende, hay que repetirlo todo cada mañana." No lo adivinó, porque el grito de horror que lanzó en el escenario al volver de su muerte simulada como Julieta y encontrar la real de Carlos H-Romeo, no fue el de una actriz, sino el de una mujer frente a un cadáver. Sí comprendió el acto de grandeza de su compañero, o al menos no quiso que quedara inconcluso. Cerró los ojos y entregó al público del teatro la mejor, aunque breve, actuación de su vida, en honor al Maestro.


Las rubias y sus costumbres/ Los besos duplicados/ Consejos para dejar de amar/ Consejos a literatos galantes/ Elogio del invierno
El patafísico, si no tiene en verdad razón alguna para ser moral, no tiene ninguna para no serlo. Es por eso que sigue siendo el único que puede, sin la decadencia de los conformistas, ser honesto.

Louis-Irinée Sandomir, en una ponencia realizada en el Colegio de Patafísica de Francia.




CONSEJOS PARA DEJAR DE AMAR



En un diario de fecha reciente, aparece una serie de consejos para dejar de amar.
El primero es un poco débil: Cuando le ofrezcan un cigarrillo, rechácelo.
Sin embargo, si le ofrecen dos, está en condiciones de aceptar uno. Aun así, no se encariñe con él, ofrézcalo. Como el diario tiene un gran tiraje, observará que ningún enamorado lo acepta. Compre otro y espere a que estos nuevos consejos se publiquen. Se librará del primer cigarrillo, pero claro, no del segundo.
El segundo consejo es un poco más eficaz: No ame en su sillón favorito.
Se sabe que al enamorado pueden matarlo cosas que, para el resto de los mortales, son inocuas. Donde los otros escuchan una canción, el enamorado verá el cuerpo de su amada extenderse en la melodía, como si estuviera acostada en el tiempo y el deseo de encenderla y llevársela a la boca será irresistible. Por eso, es conveniente que exista un espacio de la casa en que la omnipresencia de la amada no penetre, como la estrella que los magos dibujan para resguardarse de los espíritus que invocan. Se corre el riesgo de que el enamorado transfiera su amor al sillón, pero al menos no lo verá bailar. Cuando mucho, se acordará de él cuando esté en el living de algún amigo, o cuando pase frente a una mueblería.
El tercer consejo es muy atento: No ame en lugares públicos.
De los lugares privados no se dice nada, aunque ya vimos que rige la misma prohibición para el sillón favorito del enamorado. Lo que lleva a preguntar: ¿Es el sillón un lugar público? La pregunta, en apariencia inocente, conlleva un temor paranoico: ¿Están los lugares privados contaminados por los lugares públicos? Esta taza que sostengo -y que otros que han estado en mi casa han sostenido, que además, alguien ha comprado para venderme a mí, y alguien ha vendido a aquel que me la ha vendido- ¿me mira?
El cuarto consejo tiene un hondo contenido: No ame al bajar del ómnibus.
El amor es el vencedor de la muerte. Si la vida continúa, más allá del incesante cambio de todo lo que la ha recibido, es porque los individuos son momentos de una realidad más profunda: las especies. El viaje en ómnibus es una experiencia, desvalorizada por su cotidianeidad, de lo fugaz. Somos lanzados al trayecto como somos lanzados a este mundo de apariencias. No es de extrañar que el pasajero, sobre todo aquel que ha quedado en el pasillo, más expuesto a la proximidad de otros cuerpos que lo prolonguen, busque más que la materialidad del pasamanos para asirse. Así, descubrirá una sonrisa. Creerá ver en la proximidad -inherente al apretujamiento del ómnibus- la mano del destino. Y se sentirá obligado a actuar, con más urgencia que en cualquier otra situación donde no se le haga tan evidente la brevedad de su vida y lo irrepetible de la encrucijada.
Como la posibilidad de criar a una familia en el ómnibus es muy engorrosa, y los percances que esto ocasionaría al resto de los pasajeros muy notorios, urge la creación de un asiento para enamorados. Ubicado detrás del conductor, para el desaliento erótico y enfrentado a una ventana para que el resto de los pasajeros sean sombras (si bien se han reportado el casos de enamorados que, enceguecidos por su vicio, se han declarado a reflejos)
El quinto consejo podría, con una pequeña ayuda de la experimentación, ser liberador: No ame en las esperas.
El experimento consiste en esperar en A a su amada con quien se ha citado en B. Es necesario que desde A pueda verse B sin que desde B pueda verse A. Si atiende al consejo, verá a su amada como quien ve a una mujer cualquiera que espera y el amor, que no admite vulgarización, termina retirándose de su cuerpo, quemando las últimas posesiones que tuvo en él, como un pueblo huyendo de sus vencedores. El aire lo envolverá distinto, sus pulmones se hincharán como en el primer instante del nacimiento y el primer llanto será la primera sonrisa. Cuídese de haber cerrado los ojos, la visión de cualquier mujer lo perdería.

Los consejos siguientes merecen, al menos, mencionarse:

· No ame nunca por aburrimiento
· Deje de amar antes de una relación sexual
· No ame en su jornada laboral
· No ame si se encuentra relajado
· No ame cuando tenga las manos ocupadas
· Cuando ame deje de hacer cualquier otra cosa
· Guarde el corazón fuera de su alcance
· Deje el corazón en casa
· Ame, cada vez, tipos distintos de mujeres
· No ame cuando alguien esté amando en su presencia
· No se encariñe con el desamor

El último consejo es concluyente: No ame después de las comidas.
Es sabido que no hay dolor poético capaz de hacer olvidar un dolor de muelas. No hay necesidad del alma que pueda ir contra las del cuerpo. Al principio el enamorado se resistirá, pero ya en esa resistencia inicial todo habrá terminado. Buscará un estímulo que aplaque el hambre, descubrirá el cigarrillo del que no ha podido deshacerse, lo encenderá y la embriaguez del tabaco, potenciada por el ayuno, clausurará el tiempo en ese instante completo de las drogas, y el enamorado desistirá del tímido suicidio de amar.

Prólogo/ Monólogo de un huevo en la sartén/ Penas de una caja y su señora/ Refutación del tiempo objetivo por el reloj de péndulo de la sala/ Declaración de la lavarropas/ La ventana presenta a Lucía



REFUTACIÓN DEL TIEMPO OBJETIVO
POR EL RELOJ DE PÉNDULO DE LA SALA



Hay algo de cada reloj en la hora que da. Por eso los verdaderos relojes son los de aguja. Sólo en ellos se ve cómo el tiempo nos saca cada vez la tajada de una torta que se regenera continuamente. En los relojes digitales el tiempo parece algo que simplemente avanza; el tiempo, para el reloj, no es un tiempo que pasa. Es un tiempo que siempre da vuelta sobre sí mismo y se repite doce veces; y en esas doce veces, seis; y en esas seis, tres y dos. No me tomen por retrógrada. Siempre preferiré el futuro de los relojes a su pasado, entre otras cosas porque el futuro es algo que queda y el pasado algo que se perdió y siempre es mejor la penuria a las deudas.
Además, aunque ese futuro sea el que parece perfilarse, el de desaparecer, el de ser parte de otros objetos; ser una entidad en ellos, el reloj del celular, el reloj del televisor. Me parece que está bien que nosotros, que no hacemos más que medir una relación, terminemos siendo, justamente, una relación.
A mí, si me preguntan, lo que me molesta es estar de pie. Tener cabeza y caja torácica para el péndulo. Que mi mismo péndulo sea... bueno no quiero espantar a las damas... Soportar el "Sos símbolo de mi poder y te creo a mi imagen y semejanza" de los sujetos.
No me duele porque me parezca una tiranía, me duele porque me recuerda que una vez fui el rey de los objetos de la casa. De mí se decía: "Es la Vibración manifiesta." Todos los objetos de la sala se fascinaban con la oscilación de mi péndulo y no hubo objeto del resto de la casa que no anhelara que algún sujeto lo trajera ¡Con qué locura me deseó la cama tantos años! Luego vinieron los relojes de volante y yo pasé a ser: "La burda representación de la Vibración, una broma que se hace a sí misma" y otras cosas que tengo que aguantar de pie a diario. La cama lleva quince años sonriéndose.
Las cosas son así, supongo. Los relojes desaparecerán; los sujetos, también. Todo es un momento de oscilación.
Lo que me da pena son los sujetos, no porque vayan a desaparecer, sino por eso de que no saben que viven en tiempos particulares, el tiempo que da cada uno de sus relojes. Si yo fuera un sujeto y tuviera novia, le propondría compartir el reloj.


El alma de las muñecas/ Los ojos e Ines/ Un niño ansioso

LOS OJOS E INÉS


Inés adoraba su pelo. Pasaba horas mientras sus hermanas jugaban, alisándolo y acariciándolo.
Una noche, sentada frente a la cómoda, escuchó que los pelos de la nuca le decían:
-Queremos verte, Inés. Acerca otro espejo.
Pero Inés le temía al vértigo de enfrentar dos espejos.
-Tócanos -le dijeron los pelos de la nuca otra noche.
Pero a Inés no le gustaba que nadie -ni nada- le dijera qué tenía que hacer.
Se acostó y el calor de la almohada avivó el deseo de los pelos de la nuca.
-Muéstrate, tócanos -dijeron.
Pero Inés dormía. Un pelo de la nuca se enrolló sobre sí mismo; sobre ese primer pelo se enrolló otro; sobre el segundo, un tercero; sobre el tercero, un cuarto... Así, se formó una bola que abrió su único párpado y recorrió la cabellera de Inés hasta la frente.
-Tócanos -dijo el globo.
Pero Inés dormía y el globo vio que Inés dormía y la respetó.

Inés despertó sin su tercer ojo, pero algunas viejas partes de su piel estaban cubiertas de vellos.





El emperador, el ruiseñor y el sabio/ El amor de los niños/ El pintor pintado/ El avaro y el banquero/ Estado de la caravana
ESTADO DE LA CARAVANA



La caravana seguía pasando por los mismos lugares sin que nadie lo advirtiera. Claro que los que la habían formado sabían que la caravana giraba en círculo. Lo habían hecho para protegerse de un ataque. Pero la espera fue larga, los primeros fundadores de la caravana murieron y las nuevas generaciones nacidas en el giro perpetuo lo habían tomado como un hecho natural.
El principio de la caravana había sido presentar un punto inicial del movimiento. Nadie lo había visto, pero el deseo de todos era ser y, por lo tanto, alcanzar ese punto; y el deber de todos, reproducirlo arengando a quienes tuvieran enfrente a avanzar. La inexistencia de un punto inicial se demostraba con sencillez. Bastaba con considerar que cada punto de la caravana era anterior y posterior a otro. El rumor de esa consideración recorrió muchos años la caravana en secreto, acompañado de reconocimientos de lugares ya vistos, y llegó a oídos de aquel segmento que se consideraba el punto inicial histórico. Siempre lo hay.
Comenzaron las persecuciones.
Al principio los perseguidores y los perseguidos eran pocos y compartían la discreción. Luego aumentaron los perseguibles, aumentando los perseguidores, y las corridas en un sentido u otro de la caravana acabaron haciendo olvidar que el movimiento inicial tenía un sólo sentido.
Actualmente, algunos van y otros vienen. Más precisamente: algunos vienen de dónde otros van y otros van de dónde otros vienen.
Nadie ha llegado a ningún lugar.

La gran conjura/ El bromista/ El alma de los borrachos/ Trinidad crece/ Un caso extraño/ El albañil soñado

Trinidad crece




Siempre eran tres en aquella casa. Aquel:
-¡Qué bueno que haya venido! -con que me recibía invariablemente la mujer, sólo se completó con:
-Ahora podrá salir alguno -mucho tiempo después de empezar a visitarlos.
Mostradas las cartas, llegó la desfachatez. Me llamaban a horas inusuales pidiéndome que fuera. Yo, sinceramente, no podía y con el tiempo dejé de visitarlos.
Uno noche llamaron los tres a mi puerta.
Ahora siempre somos cuatro en casa.